14.7.07

cuando termina la clase se me pasa, o será que prefiero no pensar, pero el durante y el antes inmediato (por ejemplo cuando elijo el material con un cuidado y una dedicación fervorosos) son pura adrenalina.

es habitual que trabaje con adultos pero lo excepcional es que tengan una mente brillante como la suya. será por eso que nuestros encuentros me alegran en grados de intensidad que van desde la simple y nunca despreciable sonrisa que te entibia la cara hasta la compulsión de oír, ya en casa, unas 30 veces seguidas la canción que habíamos escuchado esa tarde en clase y recrear otras tantas veces el estado que me asaltó de improvisto cuando encendí el equipo en la sala silenciosa y la canción me pareció otra, desconocida, nueva, con una letra narrada en una primera desbordante de deseos hacia un vos tan directo y presente como él que estaba ahí, del otro lado de la mesa. por eso será que no pude levantar la vista y lo único que ví durante los tres minutos que duró el tema fueron sus hermosas manos y los puños de su camisa, sentí que mi cara estaba rojo-señal pero como no pude mirarlo ni siquiera sé si se dio cuenta.

siempre hay temas para un rato de conversación después de trabajar la gramática, nos vamos porque somos los últimos y cierran.

tiene unos ojos tan verdes y rasgados que acunan y cuando sonríe no puedo evitar verlo con un turbante verde esmeralda, no puedo.

en un perfecto castellano rioplatense me cuenta, por ejemplo, el proceso de formación de los cristales minerales a distinta profundidad de acuerdo a la temperatura de las distintas napas mientras yo pongo el piloto automático -por lo que puedo tomar nota de algún error que ocurriera para verlo juntos más tarde- y salto de vislumbrar de qué color es ese día la remera que tiene bajo la camisa por el ínfimo borde que se asoma, a su boca pimpante -ideal para la u trompudita de su propia lengua- pasando por el cuello y así.

estudia, aprende, registra todo y a pesar de mi debilidad desmedida por la polisemia y las metáforas de la vida cotidiana, a él le gusta! o al menos se la banca como un duque y asimila el universo que sale de mi boca.

cuando nos vamos, el descenso 8 pisos en un ascensor centenario es un aparte. por suerte es lento, los roles se esfuman y la luz tenue me lleva casi siempre a recostarme un poco contra los herrajes pintados en sintético negro mientras disfrutamos de algún último comentario antes de despedirnos.

trabajar así da gusto