Comidas de poder
Cena
A él nunca le habían gustado las berenjenas pero cuando se las hacía ella, sí; cuando ella organizaba los ingredientes de esa manera y a esa velocidad, entonces sí, ahí no sólo le gustaban sino que la porción moderada y sabrosa que le servía le devolvía las fuerzas de una manera tan poco perceptible como inmediato su efecto: una oleada comenzaba a subir desde los pies -tan lejos del estómago, dirán- hasta templar cada porción de su cuerpo a la temperatura de una de esas noches ideales de verano por más que fuera agosto, y entonces, él se reía y se sentía capaz de todo.
Quedaba claro que lo fundamental desde el principio era el calor: imprescindible que el recipiente de hierro esperara ardientemente a la cebolla, al ajo picado y luego a las finas rodajas de berenjena que cambiarían al instante su tonalidad y su turgencia al contacto con los tantos grados ahí dentro. Si había a mano, ella elegía algún tomate, lo agregaba cortado en tiras junto al queso mantecoso y condimentaba sólo con sal porque la pimienta, a él, le hacía mal.
Almuerzo
Sea cual fuera la tarea en la que estuviera inmersa, cerca del mediodía, cuando cada mañana en la escuela se iba terminando y el timbre de las doce era ya algo inminente, mi mente se ponía en modo stand by y ejecutaba en silencio el mismo ritual invariable: recordar qué día de la semana era y, de acuerdo a eso, qué habría de comer en casa.
El menú organizado por mi madre dejaba un par de mediodías sin definir de antemano pero había fijas como el pan de carne al horno con papas de los martes, el pescado de los viernes -porque el día anterior llegaba fresco al puerto- o los fideos con tuco de los jueves. Para cuando mi hambrienta conciencia infantil establecía la asociación jueves-fideoscontuco, mi cuerpo ya daba señales de alegría mezcladas con una paz interior tan absurda como cierta y sentía de inmediato un plus de energía como el que, en realidad, te da la pasta después de comerla, no antes.
Cena
A él nunca le habían gustado las berenjenas pero cuando se las hacía ella, sí; cuando ella organizaba los ingredientes de esa manera y a esa velocidad, entonces sí, ahí no sólo le gustaban sino que la porción moderada y sabrosa que le servía le devolvía las fuerzas de una manera tan poco perceptible como inmediato su efecto: una oleada comenzaba a subir desde los pies -tan lejos del estómago, dirán- hasta templar cada porción de su cuerpo a la temperatura de una de esas noches ideales de verano por más que fuera agosto, y entonces, él se reía y se sentía capaz de todo.
Quedaba claro que lo fundamental desde el principio era el calor: imprescindible que el recipiente de hierro esperara ardientemente a la cebolla, al ajo picado y luego a las finas rodajas de berenjena que cambiarían al instante su tonalidad y su turgencia al contacto con los tantos grados ahí dentro. Si había a mano, ella elegía algún tomate, lo agregaba cortado en tiras junto al queso mantecoso y condimentaba sólo con sal porque la pimienta, a él, le hacía mal.
Almuerzo
Sea cual fuera la tarea en la que estuviera inmersa, cerca del mediodía, cuando cada mañana en la escuela se iba terminando y el timbre de las doce era ya algo inminente, mi mente se ponía en modo stand by y ejecutaba en silencio el mismo ritual invariable: recordar qué día de la semana era y, de acuerdo a eso, qué habría de comer en casa.
El menú organizado por mi madre dejaba un par de mediodías sin definir de antemano pero había fijas como el pan de carne al horno con papas de los martes, el pescado de los viernes -porque el día anterior llegaba fresco al puerto- o los fideos con tuco de los jueves. Para cuando mi hambrienta conciencia infantil establecía la asociación jueves-fideoscontuco, mi cuerpo ya daba señales de alegría mezcladas con una paz interior tan absurda como cierta y sentía de inmediato un plus de energía como el que, en realidad, te da la pasta después de comerla, no antes.


