20.4.06

(no) me gusta la gasolina

petrobras, ocho de la mañana. me da la bienvenida una recepcionista que lleva en su cara una sonrisa inamovible amalgamada con una onda de mierda, esa esquizofrenia tan del mundo. después de hacer sonar la chicharra del identificador por haber pasado mal la tarjeta que me acababan de entregar, subo al piso 20. el ascensor marea. el edificio es lo más parecido a un freezer y no por la temperatura: mármol en la recepción, imitación en el resto, acero, vidrio y tabiques truchos de laminado plástico malsimulando madera. piso 20, decía, puertas polarizadas enormes con tire y empuje que no abren para ningún lado ni tampoco reconocen mi tarjeta de balsera cubana, de "visita", como dice el plasticucho microchipeado. las paredes peladas parecen una enorme tumba al soldado desconocido y cunde un silencio que de tan absoluto se vuelve irreal. todo es tan aséptico que en esos momentos añoro hasta la estética mac donald.
pero algo me recompone. mientras me paseo como enjaulada por el palier esperando que alguien aparezca, me detengo frente a una fisura salvadora, una ventana no muy grande y veo la ciudad desde ahí arriba, a través de unos barrotes, como nunca antes: extensa y aprolijada por la altura, seductora y cautiva, adherida con resignación a su humedad multiplicada hasta el infinito por la lluvia, una maqueta habitada por seres invisibles que miran por las ventanas cómo cae agua del cielo.