
de cómo un hábito mezquino sostenido más tiempo del necesario ya no puede hacerse a lo grande
o
jacarandá bonsai, ay, ay, ay, ay
hace unos cuatro años, en ese momento en que los jacarandás ya sólo tienen algunas flores violetas, hojas nuevas verdísimas y les cuelgan tintineantes los frutos repletos de semillas, junté algunos que estaban caídos en el suelo del parque, los llevé a casa y los puse sobre una especie de escritorio con papeles y algunos objetos que me acompañan -y que no tienen ninguna otra utilidad más que la de agradarme y confromar mis pequeños altares domésticos.
los humildes portadores de árboles eran hermosos, siempre son hermosos, tienen la forma y el tamaño de un bocadito cabsha pero con la punta afinada y si hubiera que comparar el material de que están hechos con uno artificial, diría que son de resina, relucientes en su marrón claro.
había uno de los frutos que ya había comenzado a entreabrirse y estaba a punto de dejar el tesoro al descubierto para que el viento completara el trabajo. pero en mi escritorio eso no iba a suceder y yo quería ver cómo eran las semillas. separé las dos partes como si estuviera cometiendo una profanación y permanecí en silencio un rato mirando. había muchísimas y en cada una, un ínfimo grano negro entre dos capas de un microtejido transparente entre sedoso y nacarado.
las llevé al campo y las plantamos con mi padre en unas macetas improvisadas en botellas de plástico cortadas al medio.
brotaron diez.
el primer año fue sólo el combate habitual contra las hormigas, el viejo se ocupó de eso, y unos 30 cms de alto. mi idea era hacer un monte de jacarandás para que hubiera un oasis violeta en medio de la llanura.
tomaron altura, pasó el tiempo y por una razón u otra nunca los transplantamos, lo único que hicimos fue ponerlos en unas macetas más grandes.
ahora ya no hay nada que se pueda hacer y aunque los pasamos a la mismísima pachamama que los parió, ellos se niegan al esplendor, no crecen.


