9.7.05

Imposible esconder las raíces

Retomé uno de mis vicios y fue con alegría, como debe ser.
Durante mi adolescencia en Avellaneda no podía pasar por La Real, el mítico bar frente a la plaza, sin comerme una porción de pizza en el mostrador; y pasaba una vez por día. De ahí en más, lo de la porcioncita al paso fue por años una constante estuviera donde estuviera y llegué a tener un catálogo mental de las pizzerías que valían la pena y las que mejor olvidar y la certeza de que era posible encontrar tesoros de muzzarela en los piringundines más insospechados. Después, no sé por qué, abandoné.
Pero ahora que estoy en el microcentro todos los mediodías por esas calles que parecen de cualquiera menos de dios ... empezamos de nuevo. Es que mis pies van solos, recorren independientes las pocas cuadras que me separan de Las Cuartetas taconeando ¿otra vez pizza? No es mi almuerzo, es sólo un toque - y si fueran las cinco de la tarde o las 12 de la noche sería igual- : voy directo a las pequeñas mesitas de mármol casi individuales con una pata central de bronce en las que me sentaba cuando era niña junto con mis viejos y mis hermanos después de ver a Tom y Jerry y al Correcaminos en un cine que había en la calle Maipú.
Los maestros pizzeros del lugar deben pasarse el secreto de generación en generación, como hacen los que fabrican la coca cola, porque el sabor es exactamente el mismo que hace años: son dealers encubiertos que pocas veces dan que hablar.