14.6.05

El lugar estaba tapizado del piso al techo por bibliotecas y junto con la amplia madera sobre unos caballetes que hacía de escritorio -cubierta de punta a punta por tambaleantes pilas de diarios, revistas, ceniceros y la máquina a un costado- eran todo el mobiliario de la habitación. Si alguien deseaba sentarse, la cama que estaba en el cuarto contiguo era la única alternativa y de ahí venían los dos, aunque no habían estado sentados, precisamente.
Ya por irse, abrazados de pie cerca de la ventana en medio de ese arrobo silencioso que templa el aire después del amor, ella comenzó a ser consciente de un plus de abrigo que no venía del cuerpo que tenía pegado al suyo; era un calor acompañado por un peso considerable que pudo identificar enseguida. La perra había apoyado casi imperceptiblemente -y eso sí que era difícil- el enorme y blando adoquín de su cabeza sobre uno de sus pies anclando la escena. Sin siquiera pestañear por no ahuyentar la delicia del momento, dijo en voz muy baja
- Tiene su cabezota apoyada sobre uno de mis pies
- También sobre uno mío!
Recién entonces separaron un poco sus caras, dirigieron la vista hacia el piso al unísono y observaron desde arriba la brillante y cuadrangular superficie de pelo gris que formaba un solo par con los dos pies de distinto tamaño que cobijaba bajo su mandíbula como una sacerdotisa animal coronando un ritual de unión. Entonces, sin cambiar de posición y como sólo los perros pueden hacerlo, dirigió su mirada hacia los dos rostros allá en lo alto que le sonreían. Y fueron esos ojos, boca sustituta de un mutismo sin remedio, los que parecieron decir: quedémonos así para siempre.