la otra mitad
medianoche de sábado y una visita pactada apenas un par de horas antes. con ella nos vemos cada tanto pero siempre es una alegría y el contacto nunca se interrumpe del todo porque nos leemos, somos de blogs del mismo barrio.
la idea era no quedarnos en mi casa así que cuando sonó el portero bajé. mi look era más que deportivo: la mismísima pilcha con la que había ido al gimnasio a la tarde: zapatillas, mi pantaloncito de lycra a cudros con botamangas anchas -no muy deportivo, lo sé y me divierte- y una musculosa vieja. la noche estaba hermosa y lo primero que me dijo fue
- damaris, viste la luna?
- no
- bueno, está impresionante, la vine siguiendo por juan b justo, dale, vamos a buscarla.
y así fue como agarramos la juanbe en busca de la luna que, muy fémina ella, se hacía rogar y tardaba en hacerse ver. menos mal que luc maneja bien, porque ella miraba a ambos lados igual que yo y arriba y adelante y de vuelta a los lados en los espacios que los malditos edificios nos dejaban libres...hasta que al fin la vimos. frenada y marcha atrás para enfilar a una mejor ubicación.
estacionó en una esquina despejada con casas bajas donde el cielo era el único telón del espectáculo nocturno que la luna ofrecía generosamente a quien quisiera verlo: la mitad de una ostia gigantesca, una enorme moneda de nácar que algún dios trasnochado deslizaba por una ranura del cielo (¿parte de un plan de ahorro previo para unas futuras vacaciones en la tierra?), con un toque punk y más enigmática que de costumbre por causa de unos tenues manchones negros con que algunas nubes maquillaban su blanquísimo rostro, y la hendidura perfecta, el tajo por donde se asomaba la media concha de la luna, esa que ampararía nuestra conversación yegual por las suguientes cuatro horas, la misma que una vez en mi casa, café de por medio y ya fuera de nuestro campo visual, seguía dándonos letra y potenciando los efectos de la humareda por mí desatada de tanto en tanto, la cartógrafa del mapa de todos lo territorios que con nuestra charla recorrimos esa noche, la responsable de algunos accesos de risa que nos doblaron al medio, la anfitriona ideal para un encuentro de mujeres.
medianoche de sábado y una visita pactada apenas un par de horas antes. con ella nos vemos cada tanto pero siempre es una alegría y el contacto nunca se interrumpe del todo porque nos leemos, somos de blogs del mismo barrio.
la idea era no quedarnos en mi casa así que cuando sonó el portero bajé. mi look era más que deportivo: la mismísima pilcha con la que había ido al gimnasio a la tarde: zapatillas, mi pantaloncito de lycra a cudros con botamangas anchas -no muy deportivo, lo sé y me divierte- y una musculosa vieja. la noche estaba hermosa y lo primero que me dijo fue
- damaris, viste la luna?
- no
- bueno, está impresionante, la vine siguiendo por juan b justo, dale, vamos a buscarla.
y así fue como agarramos la juanbe en busca de la luna que, muy fémina ella, se hacía rogar y tardaba en hacerse ver. menos mal que luc maneja bien, porque ella miraba a ambos lados igual que yo y arriba y adelante y de vuelta a los lados en los espacios que los malditos edificios nos dejaban libres...hasta que al fin la vimos. frenada y marcha atrás para enfilar a una mejor ubicación.
estacionó en una esquina despejada con casas bajas donde el cielo era el único telón del espectáculo nocturno que la luna ofrecía generosamente a quien quisiera verlo: la mitad de una ostia gigantesca, una enorme moneda de nácar que algún dios trasnochado deslizaba por una ranura del cielo (¿parte de un plan de ahorro previo para unas futuras vacaciones en la tierra?), con un toque punk y más enigmática que de costumbre por causa de unos tenues manchones negros con que algunas nubes maquillaban su blanquísimo rostro, y la hendidura perfecta, el tajo por donde se asomaba la media concha de la luna, esa que ampararía nuestra conversación yegual por las suguientes cuatro horas, la misma que una vez en mi casa, café de por medio y ya fuera de nuestro campo visual, seguía dándonos letra y potenciando los efectos de la humareda por mí desatada de tanto en tanto, la cartógrafa del mapa de todos lo territorios que con nuestra charla recorrimos esa noche, la responsable de algunos accesos de risa que nos doblaron al medio, la anfitriona ideal para un encuentro de mujeres.


