había escuchado decir que en El Tigre el silencio era demasiado profundo y me resultaba difícil abarcar esa dimensión: no se me ocurría qué podía significar "demasiado" en ese caso. hasta que, este domingo, pude saber.
veníamos de una noche de casi no dormir, de escuchar a todo volumen a gilda y a mozart, a vinicius y a beethoven, en una casa mágica y acogedora en medio de la isla. la lluvia intermitente y la luz gris del día descubrían para nosotros una interminable gama de verdes. eran las tres de la tarde. el almuerzo había sido casi al aire libre en una especie de quincho que el dueño de casa llamaba "la cantina". habíamos disfrutado de la hospitalidad de un anfitrión que hacía mucho tiempo no recibía visitas y nos atendió como a príncipes, que preparó su casa y sus tesoros (cantidad de fotos de un ojo que maravilla) para recibirnos; habíamos comido, bebido, fumado y conversado. subimos a la casa para desparramarnos más cómodamente un rato. yo me metí en una bolsa de dormir muy abrigada, el dueño de casa daba vueltas por ahí y los demás se habían ido a otro cuarto a descansar antes de emprender la vuelta.
enfundada en la bolsa de plumas me acosté sobre unas colchonetas al lado de la salamandra prendida; mientras miraba por una ventana que tenía enfrente, para variar, empecé a pensar. pero hubo algo que detuvo mis pensamientos -cosa extraña y poderosa que sucede sólo a veces-, hubo algo que se cruzó bruscamente como un palo en la rueda y me suspendió en el aire junto con el tiempo: la tarde gris quedó colgada del canto de las ranas, única y monocorde interrupción a un silencio hipnótico que me abrazó y sostuvo por más de una hora.
no llegué a dormirme, sólo descansé de mí, atontada por la ausencia absoluta de señales, completamente en sus manos.
veníamos de una noche de casi no dormir, de escuchar a todo volumen a gilda y a mozart, a vinicius y a beethoven, en una casa mágica y acogedora en medio de la isla. la lluvia intermitente y la luz gris del día descubrían para nosotros una interminable gama de verdes. eran las tres de la tarde. el almuerzo había sido casi al aire libre en una especie de quincho que el dueño de casa llamaba "la cantina". habíamos disfrutado de la hospitalidad de un anfitrión que hacía mucho tiempo no recibía visitas y nos atendió como a príncipes, que preparó su casa y sus tesoros (cantidad de fotos de un ojo que maravilla) para recibirnos; habíamos comido, bebido, fumado y conversado. subimos a la casa para desparramarnos más cómodamente un rato. yo me metí en una bolsa de dormir muy abrigada, el dueño de casa daba vueltas por ahí y los demás se habían ido a otro cuarto a descansar antes de emprender la vuelta.
enfundada en la bolsa de plumas me acosté sobre unas colchonetas al lado de la salamandra prendida; mientras miraba por una ventana que tenía enfrente, para variar, empecé a pensar. pero hubo algo que detuvo mis pensamientos -cosa extraña y poderosa que sucede sólo a veces-, hubo algo que se cruzó bruscamente como un palo en la rueda y me suspendió en el aire junto con el tiempo: la tarde gris quedó colgada del canto de las ranas, única y monocorde interrupción a un silencio hipnótico que me abrazó y sostuvo por más de una hora.
no llegué a dormirme, sólo descansé de mí, atontada por la ausencia absoluta de señales, completamente en sus manos.


