este post retoactivo del invierno pasado es un enganchadito de este otro de muxa y quizás, una muestra de solidaridad -con el culo en la silla, si- con los del subte que están de paro. (dicho sea de paso, sería buenísimo que implementaran lo que se llamó paro obrero, o sea, seguir con el servicio como siempre, pero sin cobrar los viajes a los usuarios. apretarían en el único lugar en que le duele a la empresa sin joder a nadie)
devaneos subterráneos
una duda me asaltó el otro día mientras estaba parada en el andén esperando el subte. es que las fantasías que me produce el transporte subterráneo no me las puedo creer ni yo: me gusta la imagen de ese gigantesco falo de hierro circulando por el túnel oscuro y húmedo, haciendo su entrada triunfal en la estación como un dragón metálico con sus rugidos victoriosos, sus chillidos agónicos.... bueno, esperando ver aparecer de frente al mastodonte, perdida en medio de mis metalúrgicos ratoneos underground (o sea, antes de que la máquina asomara sus ojitos extáticos, su inmutable y enorme par de anteojos cuadrangulares, la asuencia de boca, la cabeza) me encontraba yo cuando se me ocurrió checkear qué resistencia podía tene, cuánto podría resistir sin romperse todo lo que había a mi alrededor..
comencé a mirar los carteles de publicidad y a evaluar cuánta presión podrían soportar antes de quebrarse; se me ocurrieron un par de pruebas fáciles que no fueron capaces de pasar; a otra cosa.
las paredes imitación granito gris con que están revestidas las estaciones de la línea B: quizás sólo rascar con la uña sería suficiente para destruirlas, se ven como de utilería, escasa resistencia, fatuas. seguía sin moverme, sólo observaba y sometía a un análisis veloz lo que tenía adelante, lo que cabía en mi campo visual sin tener que girar más que los ojos, sin sacar las manos de los bolsillos del tapado negro, relajando los músculos que venían tensos por el frío de afuera, de arriba.
los rieles: no me imaginaba rápidamente una manera de doblarlos, no tenía idea de cómo vencerlos. de inmediato me figuré una hilera extensa, una fila de forzudos clones de un ejército en camiseta salido de un cuadro hiperrealista ruso.
y del hierro -que se me ocurrió invencible- pasé a los corazones, por asentar en materia ese lugar donde habita el misterio. miré una a una las caras de todos los que circulaban por ahí en ese momento. ya no imaginaba accesorios ni elementos materiales para la prueba, sólo me preguntaba guiada por la expresión de cada rostro, cuánta pena habrían ya experimentado y cuál sería el posible límite de lo tolerable para cada uno.
fue entonces cuando el ruido y el olor de la máquina acercándose capturaron nuevamente toda mi atención.
devaneos subterráneos
una duda me asaltó el otro día mientras estaba parada en el andén esperando el subte. es que las fantasías que me produce el transporte subterráneo no me las puedo creer ni yo: me gusta la imagen de ese gigantesco falo de hierro circulando por el túnel oscuro y húmedo, haciendo su entrada triunfal en la estación como un dragón metálico con sus rugidos victoriosos, sus chillidos agónicos.... bueno, esperando ver aparecer de frente al mastodonte, perdida en medio de mis metalúrgicos ratoneos underground (o sea, antes de que la máquina asomara sus ojitos extáticos, su inmutable y enorme par de anteojos cuadrangulares, la asuencia de boca, la cabeza) me encontraba yo cuando se me ocurrió checkear qué resistencia podía tene, cuánto podría resistir sin romperse todo lo que había a mi alrededor..
comencé a mirar los carteles de publicidad y a evaluar cuánta presión podrían soportar antes de quebrarse; se me ocurrieron un par de pruebas fáciles que no fueron capaces de pasar; a otra cosa.
las paredes imitación granito gris con que están revestidas las estaciones de la línea B: quizás sólo rascar con la uña sería suficiente para destruirlas, se ven como de utilería, escasa resistencia, fatuas. seguía sin moverme, sólo observaba y sometía a un análisis veloz lo que tenía adelante, lo que cabía en mi campo visual sin tener que girar más que los ojos, sin sacar las manos de los bolsillos del tapado negro, relajando los músculos que venían tensos por el frío de afuera, de arriba.
los rieles: no me imaginaba rápidamente una manera de doblarlos, no tenía idea de cómo vencerlos. de inmediato me figuré una hilera extensa, una fila de forzudos clones de un ejército en camiseta salido de un cuadro hiperrealista ruso.
y del hierro -que se me ocurrió invencible- pasé a los corazones, por asentar en materia ese lugar donde habita el misterio. miré una a una las caras de todos los que circulaban por ahí en ese momento. ya no imaginaba accesorios ni elementos materiales para la prueba, sólo me preguntaba guiada por la expresión de cada rostro, cuánta pena habrían ya experimentado y cuál sería el posible límite de lo tolerable para cada uno.
fue entonces cuando el ruido y el olor de la máquina acercándose capturaron nuevamente toda mi atención.


