happy happy to me
con inusual ánimo de festejo cumpleañero pensé que el mejor regalo que podía hacerme era ir a escuchar un rato de música en vivo (un ratón, mejor dicho).
entón y a tal fin fuimos con mi amiga katya a un recital de flamenco por un anuncio que había salido en el página del jueves. la tormenta era inminente pero el viento nocturno no me produce el mismo efecto que de día sino todo lo contrario: mezclado con los rayos que se disparan sobre la oscuridad del cielo como fogonazos -acá, allá, más allá, cada vez más cerca, cada vez más infrarojos y amenazantes- me hace reir a los gritos esté donde esté, me vuelve comanche.
llegamos al lugar de muy buen humor y con los pelos revueltos por la ventolina y apenas húmedos por las primeras gotas. pero el encargado nos impidió la entrada sin dejar siquiera que nos resguardáramos bajo el toldito de lona verde que había en la puerta. nos miró con tanta extrañeza como si hubiéramos dicho que veníamos a hacer un depósito bancario y se puso al pie de la escalerita de acceso cerrándonos el paso.
- qué es lo que quieren? (¿y qué podíamos querer?)
- entrar, le contesté tan cortada como él. pero katya, hasta cierto punto mucho más diplomática, le dio un dato
- venimos a ver al grupo de flamenco
- ah, nooooooo, el flamenco se suspendió.
- ¿porrrr?, quise saber
- por el tema de las clausuras, contesta sin mirarnos
- pero, el lugar está abierto... y además, ¿para qué lo difundieron?
- se suspendió, justamente para evitar la clausura (¿?¿?), viste cómo es todo...
los gotones ya taladraban y era cerca: taxi a casa.
qué noche corta, iba pensando cuando el tachero me saca de mis pensamientos con su vozarrón
- negrita (¿?¿?¿?), agarramos murillo?
-no, muñecas
-bueno, muñeca, si vos lo decís...
me hizo reir y le cuento que mi día de cumpleaños había comenzado mal. llegamos y el tipo que no tiene cambio de 20 mangos. le digo que podemos buscar y me contesta que no, que estaba bien así, que era un regalo, que los cumpliera muy feliz...
le agradezco más que sorprendida y salto del taxi intentando mojarme lo menos posible: diluvia y me empapo en los diez pasos que me separan de la puerta de casa.
a pesar de todo, el día no empezó tan mal.
con inusual ánimo de festejo cumpleañero pensé que el mejor regalo que podía hacerme era ir a escuchar un rato de música en vivo (un ratón, mejor dicho).
entón y a tal fin fuimos con mi amiga katya a un recital de flamenco por un anuncio que había salido en el página del jueves. la tormenta era inminente pero el viento nocturno no me produce el mismo efecto que de día sino todo lo contrario: mezclado con los rayos que se disparan sobre la oscuridad del cielo como fogonazos -acá, allá, más allá, cada vez más cerca, cada vez más infrarojos y amenazantes- me hace reir a los gritos esté donde esté, me vuelve comanche.
llegamos al lugar de muy buen humor y con los pelos revueltos por la ventolina y apenas húmedos por las primeras gotas. pero el encargado nos impidió la entrada sin dejar siquiera que nos resguardáramos bajo el toldito de lona verde que había en la puerta. nos miró con tanta extrañeza como si hubiéramos dicho que veníamos a hacer un depósito bancario y se puso al pie de la escalerita de acceso cerrándonos el paso.
- qué es lo que quieren? (¿y qué podíamos querer?)
- entrar, le contesté tan cortada como él. pero katya, hasta cierto punto mucho más diplomática, le dio un dato
- venimos a ver al grupo de flamenco
- ah, nooooooo, el flamenco se suspendió.
- ¿porrrr?, quise saber
- por el tema de las clausuras, contesta sin mirarnos
- pero, el lugar está abierto... y además, ¿para qué lo difundieron?
- se suspendió, justamente para evitar la clausura (¿?¿?), viste cómo es todo...
los gotones ya taladraban y era cerca: taxi a casa.
qué noche corta, iba pensando cuando el tachero me saca de mis pensamientos con su vozarrón
- negrita (¿?¿?¿?), agarramos murillo?
-no, muñecas
-bueno, muñeca, si vos lo decís...
me hizo reir y le cuento que mi día de cumpleaños había comenzado mal. llegamos y el tipo que no tiene cambio de 20 mangos. le digo que podemos buscar y me contesta que no, que estaba bien así, que era un regalo, que los cumpliera muy feliz...
le agradezco más que sorprendida y salto del taxi intentando mojarme lo menos posible: diluvia y me empapo en los diez pasos que me separan de la puerta de casa.
a pesar de todo, el día no empezó tan mal.


