Cómo no
Nunca llegaría al lugar de la cita; una caravana de camiones taponaba la entrada a la capital: todos los accesos estaban igual, ningún transporte llevaba a nadie a ningún lado.
- Relájate y goza, escuchó desde su izquierda. Era el conductor del auto de al lado a quien ella dirigió una mirada que bien podría haberlo fulminado o expulsado fuera haciéndolo atravesar el parabrisas polarizado de no haber sido por el cinturón de seguridad que innecesariamente (primer dato) él seguía teniendo puesto.
- No me hace gracia esta demora, en absoluto, así que ni relax ni gozo, más bien un fastidio inmenso que puede hacer blanco en cualquier objetivo, yo sé lo que te digo.
- Soy inmune a los ataques efectuados a menos de 10 metros, no te preocupes, tirá nomás.
La audacia de la respuesta le produjo una reacción instantánea en el cuerpo -que podría decirse, química-. Innegable e ineludible señal de batalla, una provocación que la sacó de la impotencia para ubicarla donde era pez en el agua. Se acomodó en el asiento, se tomó el tiempo que puede llevar buscar en la cartera y encender despacio un cigarrillo y le dijo:
- Clark Kent?
- Para lo que gustes.
- Entonces sacame de acá, tengo una cita importante en media hora, dale Superman, desplegate.
Él le había clavado los ojos desde hacía rato, no se los sacaba de encima, y en su mirada, por sobre todo rasgo, una llama negra saliendo de un pozo de fondo incalculable.
- Si, corazón, sacame volando en tus fuertes brazos, dijo mirándolo a los ojos ahora ella también; y fue recién entonces cuando se detuvo a observar las extremidades que acababa de desacreditar de movida: traía las mangas de la camisa dobladas y el 75% que estaba a la vista garantizaba que el 25 restante incluía más piel morena, más musculatura tipo andamiaje.
Él desprendió su celular del cinturón sin dejar de observarla, sólo desvió la mirada al teclado del aparatito para pulsar una única tecla y volvió a depositarla sobre la cara de ella; pausada y pesada esa mirada.
- Traeme a Ulises... si, hay lugar, por supuesto... sabés dónde estoy, y mandame a dos por un rato... que sea rápido... Enseguida nos vamos, pero, qué pasó? Te quedaste muda, mi chaleco antibalas está intacto, debo haber escuchado mal, creí que íbamos a tener un rato de acción...
A Mirna le dio sed, deben haber sido esos ojos negros los que le secaron la boca, y el gesto que siguió fue del todo involuntario aunque pueda haber parecido otra cosa, quizás fue una perplejidad casi infantil lo que la llevó a humedecerse los labios con la lengua reseca demorándola más de la cuenta en el recorrido. Ella ni se enteró, pero él no se perdió el movimiento de un sólo músculo de su cara.
- Dios, pensó ella, qué es ésto.
Necesitaba mirar hacia otro lado, reconstruir el espacio en el que estaba, buscar algo familiar, sí, eso, su auto, debía regresar aunque nunca se hubiese movido. Se reclinó en el asiento y se dedicó solamente a terminar de fumar y a mirar por la luneta delantera, y fue toda su respuesta.
El tramo de la autopista donde estaban varados era la imagen del abandono - hubiera servido como botón de muestra de una ciudad entera-. Sus constructores y concesionarios españoles nunca cumplieron la promesa de trasplantar los arboles que habían sacado del antiguo camino cuando hicieron la vía rápida de ocho carriles, aunque todo el mundo vio como se los llevaban envueltos con ese método chino para evitar que tomaran aire sus raíces, aunque los vecinos protestaron por la excesiva sequedad de los terrenos debido a la falta de árboles, por esa especie de planicie desértica en que quedaron convertidos los laterales de la autopista. Un sol magnífico en el medio del cielo parecía burlarse de la humana pequeñez enlatada en las filas de autos.
Para Mirna la contemplación era siempre un viaje hacia sí misma, sus reflexiones sobre lo que le caía delante del ojo eran un cable a tierra vital para ella. Se dejaba llevar en esas exploraciones por sus asociaciones en serie que casi siempre la conducían a buen puerto y no es que obtuviera necesariamente un resulatdo utilitario ni funcional sino más bien algún nuevo comentario para inscribir en su álbum de epifanías diarias. Y en eso estaba cuando lo escuchó, primero lejano y súbitamente, sobre su cabeza: un helicóptero aterrizó en una de las áreas descubiertas a los costados de la autopista levantando una polvareda infernal, el finísimo polvo envolviéndolo todo. Lo que siguió fue muy rápido: la hélice dejo de girar, dos tipos bajaron y se acercaron corriendo hacia donde estaban ellos:
-Son de mi total confianza, dijo señalando a los hombres que ya estaban parados uno a cada lado -¿dónde te dejan el auto cuando esto se libere y se puedan ir de aquí?
Ella, tratando de mantener una apariencia calma, tomó una lapicera y un papel de la guantera, anotó una dirección -no la suya, obviamente- y sin decir palabra se estiró hasta alcanzársela por la ventanilla; él, a cambio, le entregó su tarjeta.
Si alguien le hubiera contado un episodio semejante, Mirna no lo hubiera creído; quizás hasta hubiera reflexionado sobre la mitomanía y su arista cómica, ese permiso para disfrazar los sueños y traerlos, ese lugar fantástico a medias que siempre le caía en gracia. Pero no. No era un chiste ni el plus de inventiva de alguno de sus amigos lo que le hacia volar el pelo en un remolino incontenible y le impedía escuchar lo que el hombre intentaba decirle hablándole casi al oído. No, eso era real, tanto como que estaba en manos de un desconocido y lo dejaba hacer.
Subieron al helicóptero y, como por arte de magia, el ruido se hizo casi imperceptible una vez que la puerta se cerró. Ella no tenía idea de que este tipo de máquinas pudiera tener un compartimento tan aislado y acondicionado, una suite minimal. Los asientos eran de pana color maíz como la pequeña alfombra a sus pies, lo mismo las paredes y el techo. Él se recostó en el respaldo de su butaca y ya no la miraba a los ojos sino que la recorría de la cabeza a los pies deteniéndose donde se le daba la gana el tiempo que le daba la gana. Mirna se puso incómoda, ese exceso de libertad de algunos tipos -ese creer que como el que mira no toca y los ojos son suyos puede apropiarse con ellos de lo que se le ocurra- siempre le producía una violencia incontenible y con seguridad en otro contexto ya le hubiera gesticulado un fuck you rotundo. Lo que hizo en cambio, fue descorrer la pequeña cortina de hilo blanco y mirar las nubes que, desde abajo, creaban un amortiguador ideal para su ira (pero... ¿quién carajo se creerá que es este tipo? ¿se pensará que me impresiona su avioncito de mierda? seguro debe ser alguno de nuestros mafiosos locales, o no, con esos ojos y un helicóptero a su disposición tal vez sea el embajador de algún emirato que viene a controlar los negocios, o quizás un pariente de la dinastía menemista, algún cerdo del clan...
Él le ofrció algo para tomar, y ella apenas si giró la cabeza para contestar.
- Quiero un licuado de bananas con mucho hielo. ¿Podrá ser?. A vos te aconsejaría sólo el hielo.
Era la primera vez que lo veía sonreír y su semisonrisa dejó entrever un destello dorado: un diente.
Nunca llegaría al lugar de la cita; una caravana de camiones taponaba la entrada a la capital: todos los accesos estaban igual, ningún transporte llevaba a nadie a ningún lado.
- Relájate y goza, escuchó desde su izquierda. Era el conductor del auto de al lado a quien ella dirigió una mirada que bien podría haberlo fulminado o expulsado fuera haciéndolo atravesar el parabrisas polarizado de no haber sido por el cinturón de seguridad que innecesariamente (primer dato) él seguía teniendo puesto.
- No me hace gracia esta demora, en absoluto, así que ni relax ni gozo, más bien un fastidio inmenso que puede hacer blanco en cualquier objetivo, yo sé lo que te digo.
- Soy inmune a los ataques efectuados a menos de 10 metros, no te preocupes, tirá nomás.
La audacia de la respuesta le produjo una reacción instantánea en el cuerpo -que podría decirse, química-. Innegable e ineludible señal de batalla, una provocación que la sacó de la impotencia para ubicarla donde era pez en el agua. Se acomodó en el asiento, se tomó el tiempo que puede llevar buscar en la cartera y encender despacio un cigarrillo y le dijo:
- Clark Kent?
- Para lo que gustes.
- Entonces sacame de acá, tengo una cita importante en media hora, dale Superman, desplegate.
Él le había clavado los ojos desde hacía rato, no se los sacaba de encima, y en su mirada, por sobre todo rasgo, una llama negra saliendo de un pozo de fondo incalculable.
- Si, corazón, sacame volando en tus fuertes brazos, dijo mirándolo a los ojos ahora ella también; y fue recién entonces cuando se detuvo a observar las extremidades que acababa de desacreditar de movida: traía las mangas de la camisa dobladas y el 75% que estaba a la vista garantizaba que el 25 restante incluía más piel morena, más musculatura tipo andamiaje.
Él desprendió su celular del cinturón sin dejar de observarla, sólo desvió la mirada al teclado del aparatito para pulsar una única tecla y volvió a depositarla sobre la cara de ella; pausada y pesada esa mirada.
- Traeme a Ulises... si, hay lugar, por supuesto... sabés dónde estoy, y mandame a dos por un rato... que sea rápido... Enseguida nos vamos, pero, qué pasó? Te quedaste muda, mi chaleco antibalas está intacto, debo haber escuchado mal, creí que íbamos a tener un rato de acción...
A Mirna le dio sed, deben haber sido esos ojos negros los que le secaron la boca, y el gesto que siguió fue del todo involuntario aunque pueda haber parecido otra cosa, quizás fue una perplejidad casi infantil lo que la llevó a humedecerse los labios con la lengua reseca demorándola más de la cuenta en el recorrido. Ella ni se enteró, pero él no se perdió el movimiento de un sólo músculo de su cara.
- Dios, pensó ella, qué es ésto.
Necesitaba mirar hacia otro lado, reconstruir el espacio en el que estaba, buscar algo familiar, sí, eso, su auto, debía regresar aunque nunca se hubiese movido. Se reclinó en el asiento y se dedicó solamente a terminar de fumar y a mirar por la luneta delantera, y fue toda su respuesta.
El tramo de la autopista donde estaban varados era la imagen del abandono - hubiera servido como botón de muestra de una ciudad entera-. Sus constructores y concesionarios españoles nunca cumplieron la promesa de trasplantar los arboles que habían sacado del antiguo camino cuando hicieron la vía rápida de ocho carriles, aunque todo el mundo vio como se los llevaban envueltos con ese método chino para evitar que tomaran aire sus raíces, aunque los vecinos protestaron por la excesiva sequedad de los terrenos debido a la falta de árboles, por esa especie de planicie desértica en que quedaron convertidos los laterales de la autopista. Un sol magnífico en el medio del cielo parecía burlarse de la humana pequeñez enlatada en las filas de autos.
Para Mirna la contemplación era siempre un viaje hacia sí misma, sus reflexiones sobre lo que le caía delante del ojo eran un cable a tierra vital para ella. Se dejaba llevar en esas exploraciones por sus asociaciones en serie que casi siempre la conducían a buen puerto y no es que obtuviera necesariamente un resulatdo utilitario ni funcional sino más bien algún nuevo comentario para inscribir en su álbum de epifanías diarias. Y en eso estaba cuando lo escuchó, primero lejano y súbitamente, sobre su cabeza: un helicóptero aterrizó en una de las áreas descubiertas a los costados de la autopista levantando una polvareda infernal, el finísimo polvo envolviéndolo todo. Lo que siguió fue muy rápido: la hélice dejo de girar, dos tipos bajaron y se acercaron corriendo hacia donde estaban ellos:
-Son de mi total confianza, dijo señalando a los hombres que ya estaban parados uno a cada lado -¿dónde te dejan el auto cuando esto se libere y se puedan ir de aquí?
Ella, tratando de mantener una apariencia calma, tomó una lapicera y un papel de la guantera, anotó una dirección -no la suya, obviamente- y sin decir palabra se estiró hasta alcanzársela por la ventanilla; él, a cambio, le entregó su tarjeta.
Si alguien le hubiera contado un episodio semejante, Mirna no lo hubiera creído; quizás hasta hubiera reflexionado sobre la mitomanía y su arista cómica, ese permiso para disfrazar los sueños y traerlos, ese lugar fantástico a medias que siempre le caía en gracia. Pero no. No era un chiste ni el plus de inventiva de alguno de sus amigos lo que le hacia volar el pelo en un remolino incontenible y le impedía escuchar lo que el hombre intentaba decirle hablándole casi al oído. No, eso era real, tanto como que estaba en manos de un desconocido y lo dejaba hacer.
Subieron al helicóptero y, como por arte de magia, el ruido se hizo casi imperceptible una vez que la puerta se cerró. Ella no tenía idea de que este tipo de máquinas pudiera tener un compartimento tan aislado y acondicionado, una suite minimal. Los asientos eran de pana color maíz como la pequeña alfombra a sus pies, lo mismo las paredes y el techo. Él se recostó en el respaldo de su butaca y ya no la miraba a los ojos sino que la recorría de la cabeza a los pies deteniéndose donde se le daba la gana el tiempo que le daba la gana. Mirna se puso incómoda, ese exceso de libertad de algunos tipos -ese creer que como el que mira no toca y los ojos son suyos puede apropiarse con ellos de lo que se le ocurra- siempre le producía una violencia incontenible y con seguridad en otro contexto ya le hubiera gesticulado un fuck you rotundo. Lo que hizo en cambio, fue descorrer la pequeña cortina de hilo blanco y mirar las nubes que, desde abajo, creaban un amortiguador ideal para su ira (pero... ¿quién carajo se creerá que es este tipo? ¿se pensará que me impresiona su avioncito de mierda? seguro debe ser alguno de nuestros mafiosos locales, o no, con esos ojos y un helicóptero a su disposición tal vez sea el embajador de algún emirato que viene a controlar los negocios, o quizás un pariente de la dinastía menemista, algún cerdo del clan...
Él le ofrció algo para tomar, y ella apenas si giró la cabeza para contestar.
- Quiero un licuado de bananas con mucho hielo. ¿Podrá ser?. A vos te aconsejaría sólo el hielo.
Era la primera vez que lo veía sonreír y su semisonrisa dejó entrever un destello dorado: un diente.


