adoro este calor desbordado, amo freirme como un cornalito mientras camino por las insufribles veredas de buenos aires en verano. me calienta en todos los sentidos de la palabra, me vivifica, me despierta, me enloquece. me gusta el peso agobiante del sol y el aire casi irrespirable, me dan ganas de gritar.
claro que preferiría estar en el mar o la montaña, pero de todas formas, me fascina exigirle al cuerpo el esfuerzo extra (extraordinario) que requiere seguir moviéndose en días de alta temperatura como estos, días en que la calle se parte como un durazno de alquitrán y yo con él.
casi no como, el calor me quita el hambre. pico algo, tomo mucha agua y floto.
p.s: ya sé por qué debe ser que me gusta tanto el calor. en mi infancia, los veranos en casa y en el barrio eran de locos para mí: un estado de libertad semisalvaje, de felicidad sin límites, donde las sensaciones quedaron fijadas como impresiones en la piel, algo que vuelve, inexorablemente, cada verano.
claro que preferiría estar en el mar o la montaña, pero de todas formas, me fascina exigirle al cuerpo el esfuerzo extra (extraordinario) que requiere seguir moviéndose en días de alta temperatura como estos, días en que la calle se parte como un durazno de alquitrán y yo con él.
casi no como, el calor me quita el hambre. pico algo, tomo mucha agua y floto.
p.s: ya sé por qué debe ser que me gusta tanto el calor. en mi infancia, los veranos en casa y en el barrio eran de locos para mí: un estado de libertad semisalvaje, de felicidad sin límites, donde las sensaciones quedaron fijadas como impresiones en la piel, algo que vuelve, inexorablemente, cada verano.


