en el oeste está el agite
me siento como en una licuadora. el problema no es sólo la cantidad de cosas por hacer sino que estén intercaladas en una simultaneidad que marea, que haya tan pocos momentos en los que pueda dedicarme a una tarea en particular.
el movimiento no es sólo afuera, todo se mueve.
dejar esta casa, estar arreglando otra, dejar esta casa, volver a ciuda della pero antes las ventanas la cal el cemento larena,ponete contenta que va a quedar muy linda, pelea con el albañil, otros son los que laburan pero necesitan tantas cosas, mientras yo trabajo- interrumpo-hablo por teléfono-trabajo-interrumpo-hablo por teléfono todo lo posible pero también uso las piernas que me llevan lejos y me regresan de noche en una combi destartalada luego de una charla amena con un herrero en la ruta tres a la altura de isidro casanova sin que llegara yo a entender su explicación número cinco de por qué una escalera caracol podía ser de mano izquierda o mano derecha, sin que llegara yo jamás a comprender.
dejar esta casa, de nuevo el sarmiento que me cae bien aunque once esté un asco, volver a cruzar todos los días el puente de rivdavia y general paz para pasar al lado provincia, un verdadero paso fronterizo y su correlativo microclima de transas, buscas, saunas, mercaditos bolivianos de verduras, copetines al paso, condimentos típicos y atípicos al ras del piso, tangas brillantes una docena 10 pesos, y lo que quieras cuando quieras.
sé que cuando deje esta casa voy a llorar - o quizás al escribirlo ya no suceda.